En la comunidad de Quillcaccasa, Ayacucho, una escena de profundo pesar se transformó en un acto de humanidad que ha conmovido al país. Doña Elena, una mujer de 90 años, enfrentaba la dura realidad de despedir a su único hijo, Darío Carlos Meza, de 57 años, sin recursos económicos, sin familiares que la apoyaran y sin fuerzas físicas para trasladar el féretro hasta el cementerio.
Fue entonces cuando efectivos de la Policía Nacional del Perú, asignados al puesto de auxilio de la localidad, decidieron intervenir. Sin mediar palabra, los agentes uniformados cargaron el ataúd sobre sus hombros y recorrieron aproximadamente dos kilómetros a pie por caminos accidentados hasta el camposanto de la comunidad, donde el hijo de la anciana recibió cristiana sepultura.
El sepelio, que en otras circunstancias habría pasado inadvertido, fue registrado por vecinos que no dudaron en grabar la procesión fúnebre. En las imágenes, difundidas masivamente en Facebook, se observa a los policías relevándose el peso del féretro, sorteando las dificultades del terreno sin perder la solemnidad del momento.
El caso ha reabierto el debate sobre la situación de vulnerabilidad de los adultos mayores en zonas rurales del país, donde la ausencia del Estado y la falta de redes de soporte social dejan a muchas personas en total desamparo ante emergencias o pérdidas familiares.
Doña Elena, ahora completamente sola, recibe el acompañamiento de los mismos policías que ayudaron a enterrar a su hijo. “Ellos han sido mi única familia en este momento tan triste”, dijo la nonagenaria entre lágrimas, antes de retirarse lentamente del cementerio, acompañada por quienes, más que uniformados, fueron su sostén en la despedida más difícil de su vida.









